The Battle

Acabábamos de atravesar las dunas de los verdes cristales. Los cascos de nuestros Yegüíes hacían vibrar con sus 6 patas las laderas de los campos de hiedra a un nuevo ritmo, anunciando así el redoble de la velocidad de nuestra tropa.
Ya agotados por los días de marcha, parecían estar contentos de empezar la batalla, no por tener certeza del triunfo, sino por oler definitivamente un final próximo.

A la distancia se podían observar las chispas que las hiedras metálicas que hacían volar las patas de nuestros Yegüíes y de las cuchillas de los trineos de las provisiones.

Sorprendido e encandilado de repente, pensé que era pronto para el destello matutino de nuestra estrella Iona, que cada mañana nos informaba sobre el inminente amanecer.

Aturdido por aquella ráfaga luminosa quede sin fuerzas para permanecer en pie, caí sobre la hiedra casi tan rápido como la lanza Ianú que blandía, descanse….

Al pasar el shock desperté en lo que sentía podía ser mi hogar, el olor Trudi emanado de la alberca central de la sala, transportado por el vapor que libremente despega de las luces internas más bajas, provocan sobre la superficie una muy ligera niebla, que se expande desde las escaleras de cristal y metal, hasta la misma entrada. Los pisos de piedra blanca casi tan lisos y fríos como las acerinas de los pasamanos, la usual música que proviene de todos los rincones del estar, indican la armonía entre todos los objetos.

Dulces cantos de las sefiras del aire hacen graduar la intensidad de la luz, conforme a como debe estar tu aura. Reprogramaba sin pensarlo mi vibración con ese lugar. Todos esos detalles me hacían pensar que realmente estaba en casa, pero faltaba algo, parecía no estar todo en orden, me sentía incompleto….

Al fin, de repente apareció ella, se encontraba sentada en el desnivel interno de la alberca, fisgoneaba las flores de Urki que había plantado en semicírculo sobre el espacio más retirado a la entrada, y el nivel de los escalones me impedía observarla. Fue solo cuando baje y me incline a beber un poco, que alzando la cabeza con mirada rasante me percate que mi princesa estaba allí, tan hermosa como siempre, solo su mirada me enmudece causándome esfuerzo el seguir respirando.

Estaba con su túnica dorada, tan delgada como el aire, traslucida como la misma niebla del agua, hace relucir de manera majestuosa las increíbles formas de su cuerpo húmedo. Me miró y con un pequeño gesto subiendo sus manos suavemente al pecho me envió desde el fondo de su alma un recordatorio de ser yo a quien ama, y de ser yo su complemento. Inmediatamente sentí nuestra conexión, el hilo de nuestras esencias estaba restablecido de nuevo. Ahora si estoy definitivamente en casa.

No sé si era que mi cuerpo necesitaba reposo, o fui yo quien quiso a ojos cerrados llegar a Amandra, lo cierto es que caí rendido….

Al despertar el olor de mi sangre derramada sobre la metálica hiedra parecía gritarme “REACCIONA”, o eran los miles de pasos de la tropa que al unísono hacían resonar mi armadura, lo único cierto era la flecha Sorka que como milagro logró hacerse espacio entre los anillos de mi peto para atravesar libremente mi pecho de extremo a extremo.

Aquel destello visto no era el preludio del amanecer anunciado por nuestra estrella, no era el comienzo lo que se pregonaba, sino era en parte evidencia de esa nueva arma Sorka, que comenzaba con una inyección de energía una vez que atravesado tu corazón.

Esa energía te hacia ver un destello, luego, el sedante que instantáneamente corría por todo tu cuerpo incluso más rápido que los emisores nerviosos de tu cuerpo, hacían relajarte como si consiguieses el sueño más conciliador.

Yo pensé que al despertar en casa era señal que los nuestros habían ganado la batalla, por que suelen poner de vuelta a los soldados en sus hogares como si hubiesen tenido un mal sueño, y con la dicha de volver a estar en casa borraban de sus memorias las crueles batallas.

Pero estaba equivocado, todo eso era parte de las fantasías creadas por las flechas Sorkas. Empezaba a transcurrir el tiempo del final y el comienzo.

Algo no estaba bien, pues aún yacía sobre el suelo y podía sentir el dolor creado por las filosas hiedras incrustadas en mis muslos donde no alcanzaba la armadura, y podía aun ver lo que sucedía en el campo de batalla, Era tiempo de escoger; o sacaba la flecha de mi pecho y seguía combatiendo por la causa de otros, o descansaba y volvía a mi hogar que hoy han destruido. “otra gran dicha de aquella arma”……

Por supuesto lo entendí enseguida, y al hacerlo, logré correr a casa a los brazos de mi Amandra……

Cesar Quijada
08/03/2007

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