A Strange Spider

Un paseo por el jardín en la mañana nos puede llevar a encontrarnos sorpresas maravillosas. Entre las gotas del alba clara, con el cielo azulándose apenas, el contorno de la luna que ha transitado toda la noche cansada la bóveda celeste, un animal diminuto llama nuestra atención. Conocido en la fría clasificación taxonomía de los científicos como artrópodo, este animalito es capaz de llevar a cabo una tarea épica, tejiendo las redes a través de jardines, esquinas y recónditos lugares para capturar su comida.

Los griegos, tan dados a hacer fabulas y leyendas de todo, nos dicen que Aracne, una humilde tejedora de Lidia, era capaz de tejer diariamente vastos y elaborados diseños. Su talento era tan evidente y alabado que el orgullo de la joven se convirtió rápidamente en prepotencia, al punto de desafiar con su arte a los dioses del Olimpo. Palas Atenea, pronto se enteró de que aquella muchacha desafiaba a su naturaleza divina: ella, la patrona de las hilanderas, no permitiría semejante desagravio. Se transformó en una anciana que tocó las puertas de la humilde posada de Aracne. Intentó persuadirla a retractarse de sus palabras altisonantes contra los dioses; por el contrario, la joven le dijo que estaba dispuesta a tener como rival en su oficio a la mismísima Atenea.

Cada una empezó a tejer: Atenea plasmó la gloria de los dioses olímpicos en cada uno de los intrincados y hermosos motivos que tejía a gran velocidad y pericia; Aracne, los humillaba, mostrando escenas vergonzosas cargadas de lubricidad y impudicia. Palas Atenea montó en cólera, enseguida se levantó herida en su ego y destruyó la obra de Aracne, golpeándola. Presa del terror, la joven hilandera tomó una soga y se colgó de una de las vigas. Atenea, compadecida, la sostuvo en el aire y enseguida la condenó: ella y toda su descendencia pendería de un hilo toda su vida, tejiendo interminablemente.

Aracne empezó a sentir en su cuerpo como Gregor Samsa, el personaje de Kafka, una transformación en su cuerpo: su tronco se achicó, sus dedos se empezaron a expandir, de pronto toda ella era un ovillo lleno de pelos y ocho patas: se había convertido en araña que colgaba de una delgada línea de seda del techo.

Esta es la historia que nos cuentan los griegos… pero la verdad, es que llegar a ser esto, le ha costado a la araña trescientos millones de años de evolución, para poder tejer miles y miles de trajes para los reyes y emperadores del mundo entero, mucho de ellos, que no conocen esta bella historia.

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